Cuando seleccionamos ropa o accesorios, con nuestros gustos y creencias, nos comunicamos con los otros mediante ellos. Los usamos por moda, comodidad, obsequio o un préstamo de una amiga ante una cita con mucha expectativa. Pero cuando el objeto lucido es por herencia familiar, la cosa cambia. Ahí también nos une el amor por su dueña anterior. El “abanico” legado por mi abuela y que hoy me pertenece, ocupó un lugar de privilegio en otros tiempos.
Déjenme ilustrarles sobre sus antecesores. Aquellos se agitaron como actores necesarios en el galanteo de la crema de la sociedad. Sin ruborizarnos, para no vernos urgidos de su uso, vayamos a echar un ojito a la apasionada corte francesa del sg.XVI. Su participación junto a la “Reina negra”, hizo gran tole tole en su época. La acalorada e innovadora Catalina de Médicis no era bella, pero en sus manos, con su poder e influencia, este pequeño causó furor. Los simples mortales emulando a su soberana, echaron mano a cuanto abanico encontraron. Para congraciarse, fueron copiando atentamente todos sus movimientos. El hecho es, que esta acción de abanicarse se extendió por el mundo incendiando a más de un incauto corazón. Sin estudio de mercado, ni un merchandising previo, también aquí en el Río de la Plata, su lanzamiento se encumbró dentro de los “imprescindibles”. Ninguna dama de sociedad que se preciara de ello, salía sin su complemento de lujo. Esta negligencia era el equivalente a olvidarte hoy el celular. De elemento sencillo de refrigeración, pasó a intermediario entre los enamorados. Era un secreto a voces que las damas se comunicaban con un intrincado código morse. Según el acercamiento al rostro o como cerraban su abanico, se podía confirmar una cita o caer en un rotundo fracaso. En una época donde las chaperonas acompañaban a las niñas casaderas, era muy difícil para los pretendientes acercarse. Inconveniente que convertía a la codiciada joven de mirada esquiva, una joya difícil de alcanzar. A menos, que existiera un movimiento disimulado de esta arma de seducción. Este plegado amigo permitió a las mujeres de una época con rigurosa etiqueta y prejuiciosa moral, burlarse de las estrictas reglas que las asfixiaban. Fue una exitosa táctica de comunicación. Significó poder flirtear, con el caballero, sin necesidad que las encerraran en un convento. Comprensiblemente estas damitas y su artilugio de viento, necesitaron de horas de entrenamiento para alcanzar la pericia de no ser pescadas in fraganti. Hoy son muy pocos los que utilizan su aleteo para calmar un sofocón. Ni cabe pensar siquiera, en emplearlo como wasap. Estudiando con detalle el abanico negro con rosas carmesí, que me han legado, lo abro y cierro, con un rápido giro de muñeca. Extiendo su cola de pavo real, lo escudriño al detalle. Me sumerjo en fantasías, de épocas más románticas y me cuestiono … ¿Es que acaso, encubrirán algo más, sus atrevidos pliegues?.
Mónica Cabrera

