XXXII-Junio 2022-N°345

Muchos son los que han dado todo, por el privilegio de estar al “último grito de la moda”. Invertido de su tiempo y dinero con tal de verse más deseables. Esclavizados por el espejo, viven obsesionados por su aspecto exterior. Las incomodidades sufridas en el proceso, son para estos snobs, un detalle menor que sortear. De allí la frase famosa “Si es moda, no incomoda”. Desde larga data los cabellos han pasado por cambios estéticos; necesitando de manos expertas para lograr los peinados que hacían furor. Si no te enredaste todavía, vayamos a hacer algo de historia capilar. En plena época revolucionaria, los creativos franceses enmarañaron con sus peines, flores, plumas, moños, perlas y hasta pájaros entre sus rizos. Llegaron al extremo de la blancura, enharinando sus bucles. Esto produjo faltante en la elaboración del pan. María Antonieta, ante la hambruna del pueblo, decretó: «déjalos que coman pastel». El final lo sabemos, la reina perdió más que su preciada peluca. Realicemos un tijeretazo en el tiempo, acompáñenme hasta la emancipación de la mujer en 1920. Las señoritas eligieron un corte masculino, a lo “garzón” o “cola de pato”. El atractivo se enfocaba en la igualdad de género.  Los años locos, llevaron al glamoroso “Bob cut”, al siguiente nivel con melenitas cortas y cuadradas. Después de la Segunda Guerra Mundial comienzan cambios acelerados, poniendo a más de uno los pelos de punta.  El boom de “la permanente” encandiló al mundo.  Hasta que pasa por la pasarela el “estilo pin up”, con el flequillo super corto de la sensual Bettie Page. Nuestro barrio, siguió atentamente todos esos acontecimientos. Vecinas coquetas llenas de rulos, trataban de emular a Marilyn Monroe, o por lo menos lo intentaban. Con esas ansias de belleza, en los’60 pasaban la tarde en la peluquería, enterándose de todo lo que sucedía en el barrio. Se establecieron verdaderos confesionarios donde el calor de los secadores, se mezclaba con fuertes olores de permanente, tintura y decolorante.  Por ese entonces estaba la peluquería de “Rosita”, sobre la calle Bacacay. Luego llegó al barrio, Armando Varela, el primer coiffeur de señoras en Villa Luro. La cantidad de spray con que fijaban esos peinados era descomunal. La laca formaba una nube asfixiante. Y no era para menos, después de tantas horas, la obra de arte debía resistir. El cabello se usaba batido, el “bouffant”, famoso por actrices como Audrey Hepburn y la primer dama Jackie Kennedy. Íconos de la moda y primeras influencers. Las clientas con revista en mano señalaban al profesional, el modelo deseado, con la falsa expectativa de quedar igualitas a la modelo de la foto. La Llegada de los hippies marcó la liberación sexual y el cabello largo se llevó revolucionado. Esta aparente despreocupación duró hasta la llegada de la famosa “toca”. Todavía no me explico cómo se animaban a salir a la calle con esa torre en la cabeza. Para los que no la conocieron, consistía en enrollar lo más tirante posible el pelo, alrededor de un enorme rulero. El peinado final quedaba lacio y aplastado. La locura del alisado llegó a echar mano a ardides peligrosos, capaces de encender una melena. Algunas madres usaban la plancha de ropa para alisarle los rebeldes rulos a sus hijas. Pero si poseías el pelo lacio con un cepillo gigante y secador, tendrías un brushing decente. En 1976 la serie “los Ángeles de Charlie”, convirtieron el corte de Farrah Fawcet, en el modelo a seguir.  Para 1979 todas queríamos ser mujeres perfectas, una chica 10, como “Bo Derek”. La vuelta de los rulitos se solucionó con el método casero de enrollarte los mechones con tiritas de tela, pero eso era un fastidio. Hoy productos como el alisado y la planchita nos cambiaron la existencia. Ah ¡que exagerada!. A lo largo de nuestras vidas hemos luchado codo a codo con la locura de nuestros pelos. Padecido un flequillo rebelde o un terrible frizz en días de humedad. En este proceso fuimos pasando por las tijeras de diferentes profesionales. Hasta que hallamos al estilista indicado. Este hallazgo vendrá seguido de nuestra gratitud y eterna fidelidad, o al menos, hasta que la moda vuelva a cambiar. Según Coco Chanel: “Para ser insustituible, siempre debes ser diferente”.  

Mónica Cabrera