XXXII-Junio 2022-N°345
Quizá uno de los más emblemáticos comercios del barrio de todos los tiempos en donde se podía y aún se puede sociabilizar, es sin lugar a dudas la peluquería. Antiguamente llamada barbería era el lugar obligado en donde no solo se concurría a cortarse el cabello o la barba sino era un ritual, que en mi caso ocurría un sábado por mes, en horas de la tarde cuando, junto a mi padre, concurríamos a la peluquería ubicada sobre Lope de Vega entre Bacacay y Sarachaga, la cual ya no existe en la actualidad. Era así que al dar vuelta la esquina y ver el llamado “poste de Barbería” despertaba mi curiosidad de saber su significado quizá por presentir que se trataba de algo que se relacionaba con mi futura carrera de médico y no estaba nada equivocado. Es así que ese palo helicoidal nacido en la época medieval, de color rojo, blanco y azul indicaba que allí se realizan sangrías, extracciones dentarias y curas con sanguijuelas, siendo ese palo o bastón similar al que tomaba el paciente para que la sangre fluyese con más facilidad. Con posterioridad en el Concilio de Tours en el año 1163 el Clero le prohibió realizar estas prácticas a los barberos pero igualmente ese ícono aún persiste en algunas farmacias y viejas barberías. Retomando mi infancia, a medida que nos acercábamos al local, entre las cortinas que nunca pude saber si su color pálido era producto del sol vespertino o a la falta de higiene, calculábamos cuanto era el tiempo de espera. Una vez ubicados, mientras los adultos hablaban de política o de football, yo aprovechaba a hojear revistas nuevas a las cuales no tenía acceso regularmente. Cuando llegaba el turno primero venía mi corte, obviamente con tirón de cabello incluido mientras la tijera rechinaba en mis oídos y el peluquero hablaba al espejo dialogando con el resto de los clientes en espera. Cuando un toque de algodón con talco pasaba por mi cuello sabía que se acercaba el momento de terminar conmigo y así aprovechaba, mientras se cortaba el cabello mi papá a terminar de ver las publicaciones que estaban en manos de otros cuando habíamos entrado. Volviendo a casa ya casi rapado, pues era el corte habitual de esa época en los niños, era infaltable la caricia de mi madre a contrapelo diciendo que me había quedado bien, aunque seguramente mi cara no debía demostrar lo mismo. Es así estimado lector que además del excelente servicio que nos brindan, considero humildemente que son, las peluquerías y barberías verdaderos íconos comerciales de todos los tiempos en nuestra hermosa y querida Villa Luro.
Dr. Horacio Torcelli

