A pesar de las fotos y los registros escritos acerca de nuestro barrio en sus inicios, es difícil imaginar los terrenos abiertos, espacios con yuyales, el Arroyo y los barriales, con sus incipientes casitas y quintas sin alambrar…y el atardecer de cara al oeste allá en el horizonte. Hacia 1911 el apeadero del ferrocarril en la calle Irigoyen, fue el primer esbozo de lo que luego sería la estación de tren de Villa Luro emplazada poco después, a unos metros de allí. Y ahí comienza nuestra historia como barrio. Como ya he contado en otras notas, para mí la estación de tren, además de ser un referente del origen, es un emblema del barrio a partir del cual, como círculos concéntricos, se fue ampliando la configuración de casas, calles y manzanas que le fueron dando forma e identidad al barrio Uno de esos tantos terrenos y parcelas que se fueron vendiendo de a poco y en largas cuotas! es el que compró mi abuelo paterno logrando realizar su proyecto familiar en Villa Luro. En este festejo de los 111 años de vida de éste entrañable barrio quiero volver a la Estación.
Y contar una pequeña anécdota, de las tantas que sucedieron alrededor de este lugar. Mi amigo Pedro, que ya no está en esta tierra, sino en mi corazón, era un loco soñador amante de la naturaleza, de la alegría y de la música. Habíamos arreglado varios chicos, para ir a la quinta de Castelar aquel fin de semana. Sería el año 1972/73, la euforia de la adolescencia teñía aquellos momentos de entusiasmo y despreocupación infinita. Tal es así que Pedro y otro amigo arribaron muy de madrugada a la estación para esperar al resto. Se recostaron en los bancos de madera del andén. El sueño los venció hasta la salida del sol. En el madrugón, comprobaron que les habían robado los bolsos!! No obstante, el tren se aproximaba y ya nada se podía hacer para recuperar lo perdido. Subimos con apuro al vagón, tratando de mantener la calma y la lucidez. Pero mi amigo, aunque puso actitud para enfrentar el mal momento, tenía apenas dos o tres horas de descanso encima. Los trenes eran aquellos amarillos y rojos de origen japonés que se compraron en esa década. Tenían entre vagón y vagón, unas puertas corredizas muy pesadas que de vez en cuando se trababan. Para acceder al vagón siguiente Pedro destrabó la puerta cerrada, la puerta se abrió de golpe pero rebotó de tal manera que como un boomerang se volvió a cerrar con fuerza sin darle tiempo a sacar la mano del marco de donde se estaba agarrando. Bueno! no puedo explicarles el doloroso silencio pintado en el rostro de mi amigo, que iba abriendo la boca en un grito mudo de dolor inenarrable! ¡Imagínense puerta de metal, deslizándose rauda por el riel y golpeando en los dedos apoyados. Me susurró como pudo, que no sentía la mano, tal era la anestesia del impacto. El dedo iba cambiando de color amarillo rojo púrpura en cuestión de minutos. Antes de que el tren volviera a arrancar logramos bajar de nuevo al andén, y con el brazo en alto retornamos por la escalera del puente de Virgilio para buscar raudamente una canilla, agua y sal, un hielo o algo que devolviera color a la palidez y la nausea de su rostro. Lo duro de ese momento era la imposibilidad de hacer algo por el otro, donde el dolor es intransferible y solo podemos acompañar con palabras de consuelo o de aliento. Era previsto que la uña se cayera, que creciera otra en su lugar, que se curara la herida y que de nuevo las sonrisas juveniles afloraran en esos hermosos y locos años. Cada pequeña anécdota que resuena en la memoria, está rodeada de un lugar donde transcurre. Mi lugar fue en ese entonces, Villa Luro, aunque los aprendizajes de la vida acerca del dolor, la tristeza, las pérdidas, la amistad, el amor… todo eso se puede ir comprendiendo en cualquier esquina, en cualquier estación, en cualquier barrio.¡¡ Salud!! Querido Villa Luro. Felices 111 años!!
Amelia Elía
Dibujo del artista Américo Elía -padre de quien escribe esta nota-, del año 1953, el mismo ilustra las calles Molière y Camarones, con sus casas bajas típicas, al fondo se ve la Parroquia Sacratísimo Corazón de Jesús.
