Era una mañana de invierno, día sábado; yo con mis 10 años me había levantado temprano, por rutina seguramente, porque iba a la escuela al turno matinal. En casa sabiendo que me aburría sino hacia algo, me propusieron ir a hacer unas compras a la feria que  había a cielo abierto sobre la calle Corro, seguramente muchos vecinos cincuentones  la recordaran, era un verdadero centro comercial, donde convivían varias colectividades, había italianos, españoles, turcos atendiendo los puestos de carnicería, pescadería, verdulería, de ropa, y de todo un poco. A veces ponían un techo, entre los puestos, con arpilleras o lienzos verdes y eso creaba un clima para un niño, realmente encantador, te sentías que caminabas envuelto en un mundo de fantasía.

Aquella mañana de invierno tenía que ir solo a comprar unas papas, ese era el mandado impuesto por mi padre Antonio y así me dispuse a cumplir con la tarea. Llegué al puesto indicado, que ese día estaba dando una oferta…una YAPA para los clientes: Ohh!!! Gran sorpresa la mía!!! cuando descubrí cual era ese regalito para los clientes que llevaran 5 kilos de papas, te daban un pollito. Sí un pequeño bebe de gallina que estaban junto a otros hermanitos y parientes, metidos en un gran jaulón haciendo un gran bochinche. Yo no lo podía creer. Pregunté si era verdad que te regalaban un pollito y me respondieron que sí. Compré las papas y ante mi entusiasmo y viendo que contaba hasta las monedas para llegar a pagar los 5 kilos de papas me dieron otro pollito de YAPA. Cada uno me lo pusieron en una bolsa de papel con unos pequeños agujeritos, estaba contento…hasta que se me planteó el primer problema, no podía cargar esos kilos, me pesaba muchísimo aquella bolsa, fue así que como Hansen y Grettel que tiraban miguitas para no perder el camino de regreso a casa, yo empecé a tirar papas, en conclusión a casa llegaría con dos kilos menos y con dos pollitos… y además debía explicar esa YAPA llena de viva que venía dentro de la bolsa, enseguida antes de enfrentar la situación recordé aquella vez que me quisieron regalar un gatito y no me lo permitieron, pero bueno los pollitos eran más chiquitos y muy lindos. 

Una vez en casa, en realidad departamento con un balcón, mostré a los pollitos, casi me matan, me retaron, pero me permitieron tenerlos si los cuidaba, gran error de todos, aquella noche los politos hicieron un barullo, que hasta se quejaron los vecinos. En conclusión vivieron en casa solo un día, sabíamos que a la vuelta de casa había una señora con gallinas, estamos hablando de los setenta, todavía había casas con gallineros. Fui a tocarle el timbre y ofrecérselos y aceptó, incluso con risas cuando le conté la historia de cómo habían llegado a mi familia.

Me permitió visitarlos, incluso los conocí como gallinas, era un atractivo ir  a la casa de Filomena, así se llamaba la vecina que adoptó a esos pollitos que habían llegado a mi vida producto de una YAPA que jamás olvidé

Roberto Heredia