XXXII-Junio 2022-N°345
Hubo un tiempo de mi vida en el que pensaba que las peluquerías eran los lugares de encuentro de las vecinas los días viernes. Algunas con ruleros, otras con la toca, otras debajo de los secadores con alguna revista o haciéndose las manos.
Me llamaban la atención el perfume inconfundible del fijador, el volumen del cabello que crecía durante los fines de semana y las infaltables uñas de color rojo intenso.
No sabía muy bien por qué mi mamá nunca iba: ella se ponía ruleros cada vez que se lavaba la cabeza y quedaba divina sin asistir a la cita.
Eran los tiempos en los que mi cabello llegaba a la cintura, no tenía flequillo y lo único que necesitaba era un corte de puntas de vez en cuando con las tijeras de mi madre.
En la adolescencia, comencé a ir a la peluquería a hacerme cortes a la moda, la permanente o reflejos. Recuerdo que una vez, cuando llegué a casa, me largué a llorar desconsolada sobre mi cama con mi nuevo look extracorto. Muchos amigos me apodaron “Condorito” cuando me vieron, de a poco me acostumbré a las bromas y las disfruté mucho, tanto como de peinarme en dos patadas.
Me costó mucho volver a una peluquería después de ese día; me producía desconfianza ver a los hombres y mujeres manos de tijeras cerca de mi cabello.
Pasé por varios peluqueros que descubrieron la manera de hacerme feliz con sus estilos; sin embargo, en casi todos los casos, el mayor problema para mí era la gran cantidad de minutos que pasaban mientras permanecía en el local.
Desde marzo del 2020, la pandemia me alejó de las peluquerías nuevamente y, como después de aquel corte fatal, volví a las tijeras de mi casa. Esta vez, comencé a usarlas yo misma o con ayuda de una de mis hijas. Tengo planes de volver a uno de los tantos negocios del barrio que se ocupan con profesionalismo de dar estilo al pelo, pero todavía me sigue gustando la comodidad de no esperar turno y ser atendida en un periquete.
Cecilia La Rosa
