XXXII-mayo 2022-N°344


Algunas personas son escépticas y no creen en la magia, aun teniendo frente a ellas todas las evidencias. Incrédulos, es una manera elegante de llamar a los desconfiados. Han perdido la facultad de asombro, o simplemente su suspicacia se ha vuelto crónica. Podríamos afirmar, que no solo están los que sospechan y no entienden la magia, sino también los que simplemente no pueden aceptar una vida sin ella. Desde siempre los hombres han intentado por medio de hechicería, tratar de intervenir en el accionar de las fuerzas de la naturaleza. En este afán por imponer su voluntad, pasaron del temor, a la adoración. Estudiaron tanto su potencial benéfico como el destructor. El sol, la luna, el agua, tomaron su lugar sobre los hombres convirtiéndose en dioses. A aquellos iluminados, capaces de entender el designio de las deidades, se los llamó brujos, magos, o chamanes. Sus rituales, acompañados por danzas, cánticos y extraños símbolos eran guardados por los iniciados. Con el paso del tiempo llegaron los “Hacedores de lluvia”, junto con sus detractores y gente entusiasmada por la novedad. Hubo por cierto mucho charlatán que vio la oportunidad de hacerse de un dinero rápido frente a la inocencia de la gente. Pero también se hallan varias historias que explican este extraño
conocimiento diferente al resto de los simples mortales. Estos individuos eran infundidos con una sapiencia capaz de conseguir el favor de los cielos. En una ciudad puede parecer insignificante el hecho de hacer llover, pero para el campo, su ausencia prolongada, representa una catástrofe con largos períodos de sequía. Esta es la historia o por lo menos así me lo contaron, de un “Mago de la lluvia en Villa Luro” o “El hombre que hacía llover”. Llegó a nuestro barrio, buscando terrenos altos, imprescindibles para sus prácticas científicas. Adquirió una casa en Araujo y Ramón Falcón. Halló la paz y el silencio necesario junto a largas horas de investigación que lo acompañaron en la soledad de su estudio. Su altillo, donde experimentaba, estaba vedado también a su segunda esposa e hijo. El instrumento que
empleaba era una caja de madera con varios componentes, que solamente él comprendía. Su popularidad en el país fue tanta, que en la década del ’30, nuestro domador del clima, Baigorrita tuvo que ingresar a su domicilio por la medianera de la casa vecina, frente a una puerta bloqueada por curiosos. Podríamos describirlo como un hombre delgado, correcto, luciendo de impecable traje a la usanza de la moda y graciosos lentes de marco oscuro que le
daban un aire intelectual. De trato cordial y amable con sus vecinos. Para algunos, un genio, para otros, un fraude o un poco loco. Me gusta más el término excéntrico o soñador, para referirme a él. Su comportamiento extravagante elevado por sus propios dichos, más sumado al secretismo de su invento, ayudó a acrecentar el mito. Los niños del barrio cantaban en los días nublados,” que llueva, que llueva, Baigorria está en la cueva, prende el aparato y hay lluvia
para rato. En carnavales el disfraz del paraguas y una mochila al hombro hacía referencia a este colorido personaje. A su muerte su caja de hacer llover se perdió. Hay quien asegura que en realidad Baigorria fue enterrado con ella. Jamás quiso vender la patente de su hallazgo o por lo menos eso es lo que se decía. Juan Pedro Baigorria Velar (1871-1972), falleció a los 81 años, ingeniero argentino, se especializó en geofísica. Construyó varios instrumentos para la
detección de minerales y condiciones electromagnéticas de los suelos. Conocido como el Júpiter moderno fue tan popular en su época, que como todo, cuando la fama llega rápidamente, al final te desborda. El tiempo hizo que el interés por este personaje, poco a poco se fuera apagando. Incomprendido y en pobreza, él también se fue recluyendo. Hoy su recuerdo no está en una placa de bronce como soñaba ser recordado, tampoco ha quedado en
pie la casita de Araujo 145 con reja al frente. Actualmente se alza allí un edificio. Su grato recuerdo permanece entre nosotros, aunque ya no podamos tocarle timbre para pedirle por favor, que haga que la lluvia, no nos malogre alguna que otra reunión.

Mónica Cabrera

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