Hay momentos, que cuando cierro los ojos, vienen a mi memoria, ráfagas de mi niñez, imágenes que pasan por mi mente como secuencias de una película que una pantalla proyecta velozmente.

Tendría por aquella época, diez o doce años, tiempo de juegos y travesuras inocentes. Un día fresco de invierno, en horas de la siesta, estábamos con mis amigos del barrio medio aburridos en la esquina, por eso decidimos salir a caminar, habíamos hecho unas 8 o 9 cuadras, cuando al pasar por una casa, vimos que tenía un árbol de mandarinas, repleto de ellas…maduras, listas para pelarlas y comerlas. Todos nosotros, como comunicados telepáticamente, deseamos subir al árbol en busca de ellas; claro que para eso debíamos cruzar, en realidad saltar una verja, que había sobre una pared bajita. A uno se le ocurrió tocar el timbre y pedirle al dueño si gentilmente nos regalaba alguna mandarina, pero otro dijo “A esta hora y con este frio, debe estar durmiendo la siesta”. Entonces, el tano Pepino, que era el más audaz, nos miró pícaramente y gritó “Saltemos el alambrado y arranquemos algunas mandarinas, con todas las que hay, el dueño ni se va a enterar que le faltan algunas”. Y así fue, todos saltamos la verja y arrancamos un montón, salimos con las manos y los bolsillos llenos. Volvimos a la esquina, desde donde salimos en recorrida por el barrio y nos dimos un atracón, dejándola regada de cascaras anaranjadas, prueba del delito. Esa noche, aún conservaba en los bolsillos dos mandarinas, mi abuela Felipa, me miraba interrogante, hasta que en un momento me preguntó de dónde las había sacado; yo le contesté que me las había dado un señor del barrio, que tenía muchas en el árbol de su casa. Mi abuela, me dijo que también había visto a mis amigos comer muchas mandarinas y si a ellos también se las habían regalado ese vecino. “Por supuesto, a ellos también les regaló”- le contesté- “¿Y cómo se llama ese gentil hombre?”-recalcó la abuela-, le dije que no sabía porque vivía como a más de 20 cuadras.

Antes de dormir, mientras leía una novela policial, la abuela, como era su costumbre, me estaba cebando unos mates después de cenar, de repente me increpó “¡Ustedes se robaron esas mandarinas, y ya me imagino de que casa las sacaron, por algo se las comieron en la esquina, donde vi un montón de cascaras!”. Tuve que confesar cómo las habíamos obtenido, me quedó mirando con sus ojos cansados, pero siempre dulces y tiernos, que habitaban en una cara surcada de arrugas, como testimonio de haber vivido muchos años; su sabiduría y tranquilidad causaban en mí respeto y admiración; “¿sabes qué valor tiene la decencia? – me preguntó- “Es tan cara, que no tiene precio y vos la vendiste por unas mandarinas, que lástima que por ellas te llamen ¡ladrón!, no debes robar ni mandarinas ni nada; seguramente el dueño cuida con amor a ese árbol al que ustedes arrancaron sus frutos sin permiso”. Esa fue una de las tantas enseñanzas que me dejo mi querida e inolvidable abuela Felipa, a al que siempre recuerdo cuando siento el inconfundible aroma a mandarina.

Carlos Castrovinci