Vivíamos en un pequeño departamento alquilado, en la calle Albariño. Mi madre pedía siempre a Dios, tener su casa propia, añoraba la de su niñez, donde había nacido. Tenía tres patios, era una típica construcción de la época. Todavía recuerdo los grandes macetones con flores y la madreselva que hacía de cerca, a modo de medianera, con la casa vecina.
Un día en el desayuno, los ojos verdes, maravillados de mi madre, resplandecían. He soñado con la abuela, y me decía que pronto tendría mi casa. Al poco tiempo papá compró un terreno en la esquina de Guardia nacional y Ercilla y comenzó a hacerse realidad el sueño tan deseado por todos nosotros.
Cada domingo mi padre, como era costumbre entre los inmigrantes italianos y españoles, construía nuestra casa junto con otros amigos paisanos. Papá era un constructor serio y amaba su oficio, pero con el techo propio había otro entusiasmo, por supuesto tardaron mucho…
Por fin llegó el gran día, el que fuimos a vivir a esa casa, aunque todavía faltaban algunos detalles para su terminación. Mi madre resplandecía, se la oía decir “este patio necesita unos malvones y unos geranios” La terraza estaba flanqueada por los árboles de la calle, altos, imponentes. Sería nuestra posibilidad de expansión “Aquí también pondremos macetas” enérgicamente también decía mi madre. Hoy una, otra el mes venidero y se fue llenando la terraza. En una de las paredes medianeras colgó dos macetas rústicas, donde plantó geranios y un rayito de sol; pero las plantas son caprichosas, los geranios se sacaron y apareció una planta rara. Mamá con su sabiduría innata, dijo “dejémosla, quiere vivir aquí, quiere estar entre nosotros” y creció dando una mata muy bella y abundante, con largas hojas sumamente verdes.

Pasó mucho tiempo, en el mes de septiembre, aparecieron flores de un amarillo vibrante, sumamente extrañas. Intuitivamente la llamábamos “orquídea salvaje” luego supe que su nombre es oncidium, una pequeña flor amarilla, pero muy atractiva. Formaba parte de esa terraza, tan querida, desde donde veíamos las estrellas, donde nos reuníamos mi hermana y yo para conversar, leer o estudiar en medio de esas macetas repletas de flores. Para mí era mi paraíso en la tierra. Hoy perdido, solo presente en mis recuerdos.
María Madonna de Bria – Archivo Mirando al Oeste-
