A muchos recuerdos de nuestra infancia, los protege del olvido, un “alambrado emocional” que surge del corazón por los fuertes momentos vividos.

Recuerdo que tendría, once o doce años, cuando elegí, dedicarme al ciclismo. El ídolo al que admiraba, aunque era de un tiempo ya pasado, se llamaba Jorge Batiz. Su especialidad eran las pistas y se había consagrado ganando la famosa competencia: “6 Días en bicicleta”, en el Luna Park.

Esa y otras cuestiones, mas mis ganas de andar en bici con mis amigos, apuraron mi decisión; entrenaría para ser un ciclista, para competir. Todos los fines de semana, con mi barra de amigos, los de siempre: el Tano Pepino, el chueco Alberto, el Juanca, Banana y yo, nos juntábamos a entrenar en el “ocho”, que formaban las rotondas de Gral. Paz y J B Justo.

Subíamos y bajábamos muchas veces, generando un ejercicio que fortalecían los músculos de las piernas. Pedaleábamos toda la mañana. Un domingo, cuando nos disponíamos a volver a casa, cansados, vimos acercarse un grupo de pibes, de nuestra edad. Nosotros mirábamos desde la parte más alta de una de las rotondas, ellos no nos veían. Levantaron la tapa de una alcantarilla, que parecía muy pesada, y desaparecieron por el hueco que quedó al descubierto. Nos acercamos sigilosamente al hueco, vimos una escalera por donde bajaron y escuchamos voces y risas lejanas pero amplificadas por el túnel que al asomarnos descubrimos.

Todos vivíamos cerca, en Villa Luro, mientras volvíamos al barrio, Banana (que estaba muy silencioso), nos desafío; _ “¡Esos pibes se metieron en el túnel de día! ¡Eso no tiene gracia! “……

-¿Quién se anima a visitarlo esta noche ehhh?……

La propuesta de Banana nos sorprendió a todos, pero no aceptar, sería como declararse “miedoso” en aquella barra. Quedamos en encontrarnos en Lope de Vega y J. B .Justo, a las 8 de la noche. Cuando nos despedimos, Banana, sentenció: -“¡El que no viene, es un cagón!”…..

Aquel mediodía, en el almuerzo, le conté a mis viejos lo de esa mañana.

Mi padre, me dijo que, por debajo de la Av. J. B. Justo, corría el arroyo Maldonado, que lo habían entubado en 1936, y que se llama así, porque cuenta la historia que una mujer que vino de España en la época de la colonia, fue capturada por los indios Querandíes. Fue atada a un árbol en la orilla del arroyo para que muriera de hambre y de sed. Al día siguiente, cundo fueron a buscar su cuerpo, no estaba, sin embargo, las sogas con que la ataron seguían allí sin haberse desatados los nudos, tal como la habían dejado. Allí nació la Leyenda de “La muerta del Maldonado”, un fantasma que cuidaba el Arroyo para que nadie cambiara su curso. Quedé conmovido.

Me entere que esa noche mi viejo trabajaba, él no me dejaría ir esa noche; a mi vieja no me costó convencerla, de que iba a ir a la casa de Pepino para ver su “bicicleta nueva “. Escondí entre mis ropas la linterna y salí. La barra ya me esperaba en la esquina. Pateamos las 15 cuadras hasta llegar y en el trayecto les conté la historia de la leyenda. Me pareció que el entusiasmo inicial, había disminuido. Llegamos, con las linternas alumbrando y después de sacar la tapa, bajamos por la escalerilla y nos internamos en el túnel tan oscuro que, seguramente alguno de nosotros ya pensaba en desertar. El olor era nauseabundo, las columnas de los costados tenían en su base una veredita angosta que en algunos tamos el agua podrida nos mojaba las zapatillas. Banana, que era el mas audaz, llevaba la delantera, no lo veíamos. El silencio abrumaba, solo el correr del agua rompía la quietud.

¡Y de pronto, un grito aterrador!… era de Banana!

Llego corriendo como un loco, totalmente desencajado nos dijo; – ¡Vámonos de aquí!…hay una fantasma …. es una mmmmujer vestida de blanco, es la Maldonado …rajemosss!…

Mi amigo estaba aterrorizado. Salimos corriendo y no paramos hasta llegar a casa. Mi vieja, de una oreja me zambullo en el baño, mi olor era irrespirable.

Pasó mucho tiempo de aquella travesura, pero un día que, por la intensa lluvia, se inundó la ciudad, los informativos de radio y TV, comentaban que el arroyo Maldonado había desbordado generando el desastre.

Esa noche, con mi padre salió el tema de la inundación, la conversación nos fue llevando al pasado, recordamos la historia de nuestra fallida excursión nocturna y para mi sorpresa, mi padre me confesó que el fantasma que habíamos visto aquella noche: era él que se había disfrazado, para asustarnos y de esa manera, no volviéramos nunca más allí, porque sus aguas contaminadas nos traerían enfermedades severas.

Comprendí totalmente a mi viejo. Pero aun hoy me queda de aquel episodio, un misterio, que hasta hoy no pude resolver.

¿Cómo supo mi viejo lo que íbamos hacer los pibes y yo?…..

Carlos Castrovinci