XXXII-mayo 2022-N°344

Hace pocos días, una esquina del barrio me dio una sorpresa. 

Paso por ahí incontables veces, es camino obligado para ir desde casa a la farmacia de Sergio o a visitar a mi mamá. 

Es cierto que muchas veces ando apurada por las calles y miro más las cosas que dan vueltas por mi cabeza que las que me rodean, pero hay días que me invitan a observar el color del cielo, la forma de las nubes y los lugares. Abriendo los sentidos y alentando mis pasos convierto las caminatas en hermosos paseos. Cada estación del año tiene su encanto para caminar, pero el otoño y la primavera empatan como mis favoritos. 

Confieso que las veredas otoñales, alfombradas de hojas amarillas, son una pesadilla para los que tenemos que barrerlas, pero amo caminar por ellas, descubrir las ramas que el viento fue despojando. No siempre es agradable lo que observo: entre las cosas que trae el aire también hay papeles o bolsas que cayeron al piso con algún descuido. 

Alguien me dijo que por las calles de Buenos Aires se puede encontrar de todo, pero nunca imaginé que esas pelotitas verdes caídas de dos árboles hermanos ubicados en Murature casi Moliere escondían en su interior preciosas nueces. El que me sorprendió con la noticia fue mi primo Gabriel. Un solo vistazo suyo bastó para saber que se trataban de nogales. 

Sabía que en Villa Luro hay una gran variedad de flora y por ello muchas aves eligen este barrio para vivir, pero sigo sorprendiéndome cada vez que descubro una nueva especie. 

Cecilia La Rosa

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