Cuando había un fin de semana ventoso, con mi hermano mayor, salíamos a recorrer los cañaverales, que por entonces abundaban por nuestro barrio, allí elegíamos las cañas más gordas y derechas para confeccionar el armazón, que luego sería: un barrilete, que armábamos en casa. Una vez en nuestro patio trabajábamos en un desorden de cañas, papel hilos, y engrudo, que hacíamos con harina y agua, se sumaba nuestra hermanita menor, que más que una ayuda era una molestia. Una vez pegados los flecos y los zumbadores, le hacíamos los tiros bien parejitos y prolijos, lo terminábamos con una cola larga de trapo; trapos que después de mucho rezongar nos lo daba mamá, porque para ella ningún trapo era viejo, todos servían para algo. Sacando algunas monedas de nuestra alcancía a escondidas, corríamos a la librería a comprar el famoso hilo “chanchero” que, por el tamaño del barrilete, era el único que no se cortaba. Una vez terminado nos íbamos a remontarlo, entrábamos en una competencia con los demás pibes, para ver quien lo hacía más grande y vistoso. Teníamos muchos modelos: Bomba, estrella, granada, cajón, papagayo; esperábamos un poco de viento para remontarlo: Sí era una belleza, porque nuestros colores permanentes eran “celeste y blanco” los de la bandera que se mezclaban con el azul del cielo, queríamos que estuviera bien alto, para rendirle homenaje a nuestra enseña patria. Era muy pintoresco ver como se poblaban el espacio aéreo con multicolores barriletes de distintas formas aquellos sábados o domingos, siendo la alegría de chicos y grandes divirtiéndonos sanamente. Hoy, ya no se ve todo esto, los pibes tienen todo electrónico; pero sería bueno hacer una campaña por la “vuelta del barrilete”. Lo que se nos hará imposible, será encontrar un cañaveral donde buscar buenas cañas; pero hoy se compra todo hecho; lindo sería armarlo en familia y juntos hacerlos volar compartiendo nostalgias e inocencias.

Osvaldo Herrera – Archivo Mirando al Oeste-