Recordar costumbres, modas, personajes de nuestro pasado, difícil se me hace describirlas, sin caer en la redundancia, por la similitud de las historias por muchos vividas. Era una época donde jóvenes y señoritas, aún conservaban esa obediencia, que imponían aquellos padres rigurosos. Todos respetábamos horarios, no fumar delante de mayores, si se habrán quemado bolsillos de pantalones o sacos, por querer esconder el cigarrillo encendido para no ser sorprendidos infraganti!!!. A los jóvenes de hoy esto les mueve a la risa y uno lo entiende, los tiempos han cambiado. Cada uno es un ser único e irrepetible, dueño de su libre albedrío, para hacer lo que crea conveniente, siempre que no ofenda la moral, ni las buenas costumbres. Y si de costumbres hablamos, por suerte hoy muchas se conservan.

Por ejemplo, en el mes de febrero, se reviven los festejos de Carnavales. En nuestro querido Villa Luro, desde tempranas horas se empezaba a vivirlo, seguramente por la ansiedad de que llegara la fecha, ya que desde varios días atrás los chicos tenían a sus madres o hermanas mayores, confeccionando trajes para participar de alguna murga o para andar solitariamente por el barrio. Se salía con mucho colorido o brillos, para lanzarse así a las tranquilas calles solos a acompañados. Cuando el piberío más captaba la atención, era cuando brincaban y saltaban y sin duda los más pequeños  eran la mayor atracción para las miradas alegres de los vecinos de entonces por la gracia que imponían a sus movimientos, todo eso acompañado por la ruidosa murga de matracas, pitos y el golpeteo dado a una lata con un palo. Los hermanos mayores y adolescentes tenían su comparsa, para estas ya se necesitaba de más tiempo, para equiparlas, porque sus trajes se asemejaban a un frac o levita, muchos de color rojo, por lo general acompañados con un pantalón blanco. Todo en satén y lentejuelas y en la espalda, el nombre de la comparsa, lo mismo que en el bombo, que con su pum-pum, encabezaba la larga fila de componentes; muchachos y chicas. Entre los disfraces había también de marineros con sus pantalones blancos, sacos azules y charreteras y flecos dorados y un sinfín de alegorías a todo tipo de “dioses o demonios” carnavaleros conocidos por el imaginario popular sin un origen claro y documentado, pero por todos comprendido, en una explosión de brillos y colores.

Mucho después del corso, pasaban por el escenario del Cine Palace Rivadavia que quedaba sobre esta avenida a pocos metros de la calle Manzoni, Cine que fue nuestro orgullo escénico, hasta que desapareciera por un terrible incendio que lo destruyó por completo.

Volviendo al traqueteo, era intenso en esos días, porque también existía el jugar con el agua a baldazos y la hora de la siesta era la más alterada, por los gritos y las risas de chicos y no tan chicos, predominaban los baldes de zinc y palanganas, que chocaban contra el suelo, ante la resbalada de alguno de los participantes, de esta guerra del agua, que tenían por escenario los amplios patios o la calle, donde se jugaba de vereda a vereda. Cuántas familias, que hoy tienen nietos que habitan el barrio,  han tenido su punto de partida, con esto quiero decidir noviazgo que terminó en boda a partir de un carnaval jugando al agua, resbalón y baldazo de por medio. Sería lindo hacer una encuesta y seguro nos encontraríamos con más de una anécdota jugosa que daría pie para una nota.

Hoy en día está más organizado, con murgas que se preparan durante todo el año, con ritmos de redoblantes y bombos y coreografías ensayadas, conservando ese sentimiento murguero y alocado que tanto fascina y divierte al que participa. Los expectadores disfrutan y los niños juegan con la espuma y el agua dando más colorido, si cabe, a un escenario que se caracteriza por lo multicolor y ruidoso!. Con la recuperación de los feriados de Carnaval, se vive plenamente por las calles de toda la Ciudad durante cuatro días intensos de risas, música, danzas y costumbrismo popular.