A fines de los 90, Fede aún no había alcanzado su primera década y ya había andado en triciclo, en karting, en bicicletas con rueditas de apoyo y ya estaba listo para lanzarse a andar sin ellas. Sin lugar a dudas, tal desafío avizoraba algunas zambullidas en el asfalto al intentar mantenerse en equilibrio. Pero semejante objetivo lo ameritaba…
En efecto, tomada la decisión, tras un par de intentos de breves trayectos bamboleando, se subió a su bicicleta mientras yo lo sujetaba por atrás. Recuerdo que estábamos en el pasaje Euclides entre las calles Donizetti y Homero, en pleno barrio de Villa Luro. Se lanzó a tomar velocidad con convicción mientras yo corría a sus espaldas.
En su pedaleo inicial, lento, dubitativo, mi sujeción le proporcionaba cierta estabilidad y confianza. Pero cuando comenzó a ganar celeridad y mi trote ya no lograba alcanzarlo, debí soltarlo. Me asusté por ello pero, viendo su despliegue posterior, terminé de comprender todo y solo lo fui acompañando con la mirada atenta mientras se alejaba.
Fue un momento simbólico, una especie de “soltarse a la vida” por dar cuenta del papel que como padres asumimos, transmitiendo valores, acompañando, sosteniendo e impulsando para que, cuando adulto, sepa tomar sus mejores decisiones. Sus caídas y tropiezos también dejaron tal enseñanza en el camino de la vida para definir su trayecto.
Guillermo Tella, en la foto junto a su hijo Federico (1996)
