La casa de mis abuelos, dónde vivíamos, tenía patio y un jardín repleto de flores y plantas muy variadas y debajo de una higuera frondosa, y a la sombra, había un gran jaulón, hábitat de numerosos pájaros como jilgueros, cabecitas negras y cardenales. Me gustaba por la tarde verlos, pero no en esa “cárcel”, en su “mundo limitado”, de un cielo “inventado”, dónde sus alas no podían desplegarse totalmente y hacer volar sus cuerpos porque la infinidad de la libertad no estaba en esa jaula.

Mis abuelos cuidaban con devoción  a sus pajaritos, nunca faltaba en sus comederos el mijo, el alpiste y el agua, tenían una suerte de ramas y arbustos dentro del jaulón que simulaban y recreaban un  ambiente “natural”, todo era “como si”.

Hasta que un domingo frio de invierno, decidí cumplir lo que había premeditado, nada podía fallar, ningún testigo a la vista, sólo mi perrito “Colita” un mestizo viejo que me miraba pensando que le iba a dar su ración de comida.

 Mis abuelos y mis padres dormían la infaltable siesta, dónde el hacer ruido era una “condena a muerte” segura. Me acerqué sigilosa, creo que las manitos me temblaban, pero estaba totalmente decidida a hacer justicia, abrí la puerta del jaulón, para que aquellas aves fueran libres…

El corazón me latía fuerte, acelerado, porque los pajaritos, algunos temerosos no salían rápido de su encierro, como yo había pensado, los ayudé a tomar la decisión de volar, uno a uno se marcharon, ganando el cielo, dónde ahora si la libertad era infinita, donde ya no había un mundo inventado para ellos.

Con los años y a edad adulta confesé “mi pequeño delito” porque nadie de los adultos había descubierto el misterio de la fuga, anécdota contada por varias décadas en sobremesas familiares, sin dejar de mencionar nunca el disgusto que tuvieron mis abuelos por largo tiempo ante semejante episodio…  ¿Me perdonaron? Creo que sí, igual no me arrepiento, lo volvería hacer porque esos pájaros lograron nuevamente su libertad en el cielo de mi querido Villa Luro.

Violeta Naccarato