Siempre vuelven a mi memoria momentos para mí no tan lejanos, pero en realidad lo son, porque los viví en la década del 50, cuando era sencillo gozar de árboles y plantas en los fondos de nuestras casas, muchas familias como la mía tenían ese privilegio en mis años de niñez.
Papá fue un apasionado de la naturaleza, no solo en casa planto árboles, también en la de sus hermanos y primos y hasta en la de amigos. Su visión de un futuro más verde, lo llevó a participar de varias campañas de plantaciones masivas, una vez con la Escuela “Belgrano” (hoy geriátrico) de Lope de Vega entre Murature y Alejandro M. Cervantes y en otra ocasión plantaron centeneras de árboles en una cruzada organizada entre los vecinos con la Intendencia de la Ciudad.
Muchos son los recuerdos, y muchas son las emociones de ver como aquellos árboles que papá plantó por el barrio fueron creciendo y llegaron a grandes alturas, por eso, tanta tristeza me ocasione la última tormenta de diciembre de 2023 que derribo a tantos ejemplares, entre ellos varios pinos de las plazoletas Nelson de Juan B justo a la altura de Virgilio (ver foto).
Siendo niña salíamos mucho con mi familia a pasear por el barrio, de grande seguí con esa costumbre, lo que más disfruto, seguramente por herencia son de nuestros árboles. Mi deseo es que se vayan reponiendo todos aquellos que ya no están y sería bueno que el Gobierno de la Ciudad organice algo en conjunto con los vecinos, como se hacía en los años que el barrio necesita más árboles.
Tras esta introducción, me gustaría compartir, recuerdos de mis paseos junto a mis padres, que hicieron que hoy, en mi madurez de la vida, siga amando y promulgando por más naturaleza en villa Luro
Muy cerquita del barrio contábamos y contamos en la actualidad, con un parque muy especial, llamado “Parque Olivera”, hace años ya denominado Parque Avellaneda. Para llegar a él debíamos efectuar una larga caminata, o así la sentíamos los chicos, porque ya pocas cuadras…nos parecían muchas. Por lo general partíamos en grupo, desde mi casa en Ramón Falcón al 4800, tomábamos la vía muerta, llamada así porque los trenes de carga que la circulaban pasaban muy de cuando en cuando, y los sábados y domingos era muy raro que lo hicieran. El trazado de la actual autopista 25 de mayo corresponde al de aquella legendaria “vía muerta”; ese tramo nos llevaba hasta el Parque Olivera. Es preciso explicar que tomábamos este singular camino para acortar nuestra llegada al paseo, y así, lentamente y gozando de antemano, efectuábamos la marcha como si fuéramos exploradores. Haciendo equilibrio sobre los lustrosos rieles, saltando de durmiente en durmiente otras veces, o caminando con dificultad sobre las piedras, íbamos observando todo a nuestro paso, ya que siempre aparecía una nueva novedad. A los costados de las vías crecían con lozanía una cantidad de plantas inimaginables. Contentos de caminar en medio de ese vergel natural, algunos integrantes del grupo hacíamos ramos con penachos blancos, totoras o con la vulgarmente llamada “Flor de sapo” que tiene una hermosa forma de estrella blanca. También había pinchudos, cardos con flores violetas, rosadas o flores de lino de bello color cielo, se mecían con la más leve brisa; pero sin duda un marco especial lo daban las campanillas azules, blancas y rosadas, que crecían trepando por donde pudiera haber un sostén. Aquel singular camino elegido a puro “Aire y sol en el viejo Villa Luro” corría lindando con los fondos de las casas, en cuyas paredes de ladrillo se recostaban los helechos, las enamoradas del muro y todas las hiedras y plantas que formaban su hábitat entre los ladrillos. Había casas que mostraban como cerco natural a vigilantes cactus, que nadie se animaba a tocarlos, mientras avanzábamos buscábamos con ansías a los acorazonados “tréboles de la suerte” ¡Encontrar uno de cuatro hojas era una verdadera fiesta! Entre toda aquella cantidad de hojas lucían escondidas sus pequeñas y hermosas florecillas rosadas, junto a las amapolas, que también formaban parte del paisaje; todo era una fiesta para la vista, no estaba ausente algún girasol con su enorme corola saludando al sol. Tampoco faltaban algún zapallar y el codiciado “mastuerzo” que algunos recogían para hacer una ensalada. Y a todo este acompañamiento de belleza visual, había que agregarle la auditiva, porque lindas avecillas alegraban con su algarabía el paisaje: gorriones, ratoneras, zorzales, vente veos y muchos otros pájaros, que revoloteaban entre nosotros buscando semillas. Todos nuestros sentidos estaban a “flor de piel”. También coloridas mariposas, que sin miedo se nos acercaban, hasta casi tocarnos, aunque siempre había alguien que las cazaba, por el solo hecho de “cazar”, cosa que nos disgustaba, pero más nos daba bronca ver las jaulitas con tramperas…
Y así gozando profundamente de la caminata, continuábamos avanzando por aquella vía muerta, mientras mordisqueábamos algo que habíamos llevado (dulce o salado) bebiendo leche (recién ordeñada al pie de la vaca). Finalmente entrabamos al parque por un sendero angosto, que habían abierto los pies de otros caminantes, y ante la vista de los gigantescos arboles ya vislumbrábamos un día de sol y juegos.
Volviendo a la última tormenta, donde tantos arboles han caído, he tratado de pasar del dolor a la esperanza, tratando de recrear algunas de mis experiencias unidas a la naturaleza, que han enriquecido mi vida.
