De niño uno tiene la cabeza llena de preguntas y vacía de respuestas. Tiempo después, comprendí, que las preguntas son las que nos van construyendo como personas y que en las respuestas está el camino que nos lleva al conocimiento…Preguntas tengo muchas; pero respuestas… A mis 13 años, me pregunté ¿Por qué estaba en aquella seccional de policía, con aquel chico que apenas conocía? La voz del uniformado me trajo a la realidad: – ¡A ver ustedes dos síganme, que el comisario les quiere hacer unas preguntas! – dijo y parecía enojado el policía. Entramos al despacho, Nacho estaba tranquilo, en cambio yo temblaba de miedo. – ¿Por qué robaron la harina del supermercado? ¿Para qué la quieren? – gritó el comisario.

A Nacho lo conocí una tarde en un potrero, se estaba armando un partido de fútbol y faltaba uno. Él me señaló con el índice, y entré a jugar. Después de terminado el juego, cuando los demás pibes se fueron, nos quedamos charlando en el lugar. Me contó que él vivía en el hogar “Refugio de la infancia”, un instituto para chicos de la calle. Era huérfano no tenía ningún familiar. Así nació nuestra amistad. Los domingos siguientes nos vimos para jugar y hablar. Nacho tenía proyectos, inquietudes, no era como los demás chicos; me dijo que cuando fuese grande quería ser bombero. También me confesó, que aprendió a robar cuando era chico, no tenía para comer cuando estaba solito en la calle. Quedé conmovido, preocupado y con más preguntas; porque yo sabía cómo duele la panza cuando está vacía.

Cuando llegué a mi casa, mi tía Malvina (la solterona) que me esperaba en la puerta me interrogó: “¿Qué haces juntándote con esos chicos? ¿No sabes que roban y que andan con la venta de drogas? Por eso todos tienen zapatillas nuevas y ropa cara”.

Esa tarde, mientras Nacho hablaba, observé sus zapatillas muy rotas, al punto que dejaban imprudentemente asomar los dedos, con uñas que parecían estar de luto. El resto de su ropa gastada y sin color…

El comisario insistió – ¡Hice una pregunta! ¿Para qué quieren la harina que robaron?

Ese domingo Nacho me contó, que en el instituto lo habían dejado “salir” para jugar un rato a la pelota. Después me reveló que se había escapado, por eso no comió nada y tenía mucho hambre. Le dije que me esperara allí, que en unos minutos le traería algo de comer. Corrí hasta mi casa y le traje tres tortas fritas que mi tía acababa de sacar de la sartén. Le gustaron tanto, que rápidamente se ¡las devoró! Le conté que sabía hacerlas, porque mi vieja y la tía me habían enseñado, juntos las preparábamos y las acompañábamos con mates.

Nacho casi me rogó que le hiciera tortas fritas; él esperaría en la puerta mientras tanto. Le dije que en casa no teníamos harina ni plata para comprar. Quedamos en silencio. Fuimos al supermercado, buscamos el estante de las harinas…¡lo encontramos!. Los paquetes pesaban, tres cada uno eran muchos, pero mi amigo, dijo que quedaría harina para otro domingo de lluvia. Le pedí que me prometiera que esa era la última vez que robaría, porque si lo seguía haciendo dejaría de ser mi amigo. Me lo prometió y su voz sonó firme, segura.

Nos descubrieron, dos hombres nos levantaron con violencia y nos metieron en un auto.

El comisario nos miraba con una mueca de bronca, y acercándose reiteró por tercera vez la pregunta: – ¿Para qué robaron la harina? ¿Qué iban a hacer con ella? Pero ahora sus ojos me miraban solo a mí- ¡Contéstame! -¡Rugió…!

-¡Es para cocinar señor! Respondí casi en susurro.

– ¿Ahhh sí?…¡Mirá si me voy a creer! Ustedes iban a mezclar la harina con otra cosa ¿No es cierto?

-No! Yo las necesito para hacer tortas señor comisario…

– ¿Tortas? ¿Qué tortas sabes hacer?

En ese momento, entraron al lugar mis padres y mi tía…Mi madre tomó de la mano a Nacho y salió.

El comisario me preguntó otra vez-¡Que tortas sabes hacer?

Ese día comprendí que el hambre tiene una sola respuesta, por eso le dije: ¡Tortas fritas… señor…Tortas fritas!

Por Carlos Castrovinci