A mediados del siglo pasado, muchas casas del oeste porteño tenían en común: a las veletas, aquellos pobladores las ubicaban en el lugar más alto de la finca. Giraban alrededor de un eje vertical para indicar por donde soplaba el viento. Generalmente eran simples flechas.

Los inmigrantes españoles y los italianos eran los que más las tenían, quizás las querían también para conservar una costumbre de sus pueblos europeos.

 Los años pasaron y siguieron presentes hasta la actualidad. Hoy, sin duda, las veletas son más llamativas, hay de gauchos tomando mate, de barcos y veleros, de caballos, de gatos o de gallos: todas danzan en nuestros cielos, dando un toque pintoresco a cada geografía barrial…Pero sin duda ninguna supera a las veletas de Carlos Gallaro, son aviones que el mismo hizo, con mucho arte y precisión, porque cumple con la función de las veletas, de indicar por donde sopla el viento. Y aunque a la palabra veleta, también se la asocia con personas inconstantes o que a menudo cambian de opinión, este concepto nada tiene que ver con la personalidad de Carlos, un tipo que siempre tuvo una conducta en su vida. Trabaja desde que terminó la primaría, empezó en la carnicería de su abuelo, haciendo repartos con una canasta de mimbre al hombro y luego como carnicero, después llegó a portero de escuela y siempre tratando de ser una buena persona, ayudando a los demás, enseñanzas que heredó de sus padres José y Mabel y que supo transmitir a sus hijas y hoy a sus nietos.

¿Cómo te presentarías?

Soy Carlos Gallaro, tengo 73 años, nací y me crie entre Parque Patricios y Pompeya: Garay y 24 de noviembre. En una Avenida Garay con adoquines de los dos lados, garita en la esquina donde estaba el vigilante que a 2 metros de altura dirigía el transito…Y con una Pompeya, con calles de tierra con zanjones y muchos carros a caballo… después nos mudamos a lugano a la calle Montiel Y a Parque Avellaneda llegué en 1974 cuando me casé con Carmen; vinimos a esta casita en la calle Mozart y Remedios, aquí en la puerta planté, desde un carozo una palta, que hoy esta inmensa, siempre me tocan el timbre para pedir si pueden llevarse algunas. Y si miras para arriba; hacía mi terraza, te vas a encontrar, como formando parte del cielo con mis aviones, son media docena, además los hice con la idea, de que cumplan la función: de veletas, indicando que viento tenemos, en este caso, que tu revista WEB se llama mirando al oeste, esperemos que los aviones miren para el Oeste, será un buen augurio para esta nota.

Sabemos que sos una persona con varios oficios. ¿Seguramente fuiste muy ingenioso desde chico?

Y sí…de chiquito fui creativo, recuerdo que todo lo que armaba con el mecano, un juego con piezas de metal de diversos tamaños, forma y color, que se sujetaban entre sí por medio de tornillos y tuercas, terminaba en algo más atractivo, porque todo lo que construía (desde el manual) después le agregaba movimiento, le inventaba un motor, por ejemplo, armaba una montaña rusa y la hacía girar o a un camión, le ponía polea y enchufe para que anduviera. Desde muy joven fui habilidoso, empecé con 12 años a ganarme mis primeros pesos en la carnicería de mi abuelo, repartiendo con una canastita por el barrio, y luego trabajé allí como carnicero, durante muchos años. Incluso cuando entré a las escuelas, como portero (cargo con el que se jubiló) nunca me quedaba quieto, en forma ad honorem siempre arreglaba las cosas que se rompían allí, cambiaba los cueritos de las canillas, arreglaba las cerraduras, reciclaba con masilla a los pizarrones, lo que se rompía, sin descuidar mi trabajo de portero, lo arreglaba. Tengo mis recuerdos más bellos dentro del ambiente escolar, junto a los chicos, docentes, directivos y padres. Mi última escuela, donde estuve más de 20 años; la más inolvidable para mí: es la Saturnino Segurola, en la calle Venancio Flores, a metros de la estación Floresta, que es igual a la casa de Tucumán, una escuela con 130 años de vida.

Volviendo a tu niñez ¿Qué recuerdos tenés de tu infancia?

Los mejores, vivíamos con mis padres junto a mis abuelos, bisabuelos, mis tíos, mis primos, todos en una casa grande tipo chorizo. Y después andaba mucho en la calle, en la vereda, jugábamos a la bolita, al trompo al balero. Siempre acompañados por la pelota y la bicicleta, que compartía con mi hermano, mis primos y los amigos de la barra, como no había mucha plata, la usábamos un montón, fue uno de mis primeros ejemplos o vivencias de solidaridad; de ayudarnos y compartir, entre unos a otros. Enseñanzas que venían primero de casa.

¿Cómo recordas a esas enseñanzas?

Cerca de casa había un zapatero remendón, una vez acompañando allí a mis padres, yo tendría 6 años, cuando nos fuimos, a las dos cuadras mi papá me dice “¿con que estás jugando?” le respondí con una tirita que agarré en la zapatería, me hizo volver y pedirle disculpas al zapatero…me lo acuerdo como si fuera el día de hoy. Eso me enseño mi viejo: a ser una persona honesta y lo apliqué en toda mi vida.

¿Qué otros recuerdos, tenés de tu familia y de tu infancia?

Mi abuelo paterno tenía sulky, un auto y le gustaban las motos, llegó  a tener una sidecar, a mí me llevaba a pasear a su lado, me acuerdo que cada vez que pasaba un motociclista lo saludaban yo pensaba que todos los conocían, en realidad era un gesto de admiración, hacia su dueño y a su moto, que era preciosa; y con mi otro abuelo también tengo una rica anécdota, era chofer de los Bunge & Born, trabajando con ellos lo conoció a Saavedra Lamas, el premio Novel de la Paz, se hicieron amigos, a punto tal que Saavedra Lamas fue el padrino de mi mamá.

Como buenos descendientes de italianos se cocinaba mucho en casa, mi abuela hacía unos borrachitos, la masa era parecida a la de los ñoquis, los hacía fritos y les ponía miel y te podías comer 20, eran muy ricos; igual el pan con manteca con café con leche era una combinación riquísima, que conservo hasta la actualidad.

Cuando nos mudamos a la calle Montiel había una barranca pronunciada, desde allí nos tirábamos con los carritos con rulemanes, nos sentábamos ahí…y volábamos, era adrenalina pura. Ojo le poníamos un freno, sino no te estaría contando esta anécdota.

Fuiste siempre creativo ¿cómo alimentabas a esa creatividad?

Sobre Montiel había un taller donde arreglaban cosas eléctricas, licuadoras, lustradoras, planchas, radios…me gustaba ir y aprender, apunto tal que empecé a estudiar por correspondencia radio para completar lo que aprendía en ese local. Llegué a armar varias radios a válvulas.

¿Cuándo nace tu vocación por hacer veletas de aviones?

Hace más o menos 8 años, yo venía pensando la idea, de que el día que me jubilara iba a empezar a hacer veletas de aviones, En la terraza tengo un cuarto con las herramientas y los materiales que voy juntando, generalmente de la calle para construirlos,  me gusta también pintarlos, uso rojo, negro, blanco, azul, grises, plata…combino también los colores….tengo uno que tiene las hélices que se mueven: esa veleta la tengo bien alta, desde la vereda debe estar a unos 7 o 8 metros de altura, cuándo hay viento…ni te imaginas como vuela. Porque el avión, obviamente se mueve por donde empuja el viento y de esa forma te marca si viento del este, o del oeste…va para acá va para allá mientras las hélices trabajan. A mí me encanta verlos. Tengo de pasajeros, avionetas, otro militar de la segunda guerra, Son 6, sobre caños, en su función de veletas y otros 2 en el taller, uno se lo voy a regalar a una prima.

¿Lo tuyo lo consideras arte o una artesanía?

Es un hobby, un pasatiempo con mucho de artesanía, cuando encuentro una chapa la plancho, la corto y le doy forma, generalmente los voy haciendo espontáneamente, tengo la idea imaginada en la cabeza y lo hago, salvo un pucara a dos hélices, que quiero hacer ahora, es el primero que voy a dibujarlo antes, porque lo quiero hacer lo más perfecto posible, será un homenaje para todos los pilotos que pelearon en Malvinas, las escuelas de aviación de todo el mundo dieron como ejemplo lo que hicieron nuestros aviones y pilotos.

¿Sos un piloto frustrado, te hubiera gustado ser piloto de avión?

¡Nooo!, me encantan los aviones, pero no me subo a uno ni, aunque me aten, me da un miedo terrible pensar que estoy tan lejos del suelo.

¿Qué otras cosas te apasionan?

Hace poco empecé escribir, tengo más de treinta hojas, cosas de mi vida, anécdotas y vivencias de pibe, del servicio militar, de mis días en la escuela, lo voy mezclando, no lo hago cronológicamente. El árbol ya lo planté, hijas tuve, me faltaba escribir el libro, y ya está en proceso. De esta forma cumplo con los tres objetivos que te piden para esta vida

 ¿Cómo nos definirías a la palabra barrio?

Barrio, barriada, barrial…lo relaciono con la gente saliendo a la vereda, tomando mate.; con los chicos jugando en la calle. Me acuerdo que, para fin de año, la gente ponía las mesas en la calle y nos juntábamos todos y mezclábamos las comidas; después, por ejemplo, había pocos teléfonos en la manzana y vos sabías que el panadero tenía, era de esos que estaban en la pared y había que ponerse la bocina en la oreja; si necesitabas hablar, ibas ahí, a veces el panadero te decía la llamaron a tu vecina y vos eras el mensajero.

¿Conociste al vecino ideal?

Mario, que lamentablemente falleció, era un vecino servicial, gentil, educado, un tipo inolvidable. Creo que todos podemos ser buenos vecinos, incluso “vecinos ideales”; yo por ejemplo trato siempre de ayudar a mi par, de hacerle alguna “gauchada” incluso he llevado con el auto a vecinos descompuestos al hospital, agarraba mi Falcón y íbamos para allá. Hay que ser solidarios, basta de indiferencias y de vivir dentro de tu casa.

A tu personalidad ¿cómo la definirías?

De una sola cara, como un tipo correcto de caminar muy derecho. Trato a la gente, como me gusta que me traten a mí. Yo voy a hablar de la misma manera con un barrendero que con el Papa, a quien tuve el honor de conocer, cuando era Jorge Bergoglio, me lo encontraba en la Iglesia de San Pantaleón y siempre hablábamos.

Vamos a jugar con la imaginación, ¿con qué persona de tu pasado que ya no este, te gustaría reencontrarte?

Y obviamente con mi papá y le diría que fue un grande, porque siempre me enseño bien, cuando me jubilé en la escuela, me hicieron una despedida en el Club “La Floresta” , me pidieron que diera unas palabras, y dije una de las enseñanzas que aprendí de pibe, que cuenta, cuando unos hombres poderosos, llamaron  a un sabio y le dijeron, que escriba algo para toda la humanidad, pero que tenía que ser lo más breve posible, les respondió que solo necesitaba dos palabras: SE BUENO, eso es lo que siempre me inculcó mi papá a ser buena persona y trato de serlo todos los días de mi vida. Si todos fuéramos buenos el mundo sería un paraíso y aunque no les hablé buscando un aplauso, me regalaron uno entre chicos y grandes, que siempre llevaré en mi corazón.

¿Te gustaría hacer una exposición con tus aviones?

Lo que pasa que los aviones solo toman vida en el aire, quietos les falta magia.

Por último y agradecidos por esta calidad entrevista, te pedimos: una reflexión y un saludo para los lectores de mirando al oeste

Uno quisiera tener los brazos bien grandes, para abarcar a todos. Que mejor saludo: que un buen abrazo, no necesitas palabras, por eso rezongo tanto con este virus, que no nos permite abrazarnos, espero que aprendamos de estos momentos difíciles y que los reencuentros sean más cálidos. El amigo es el hermano que uno elige, y yo soy de tener muchos amigos. Siempre me gusto reunir gente, antes de todo esto, con unos vecinos, empezamos a reunirnos en la vereda para tomar mates, hasta hicimos chorizadas. Y como final, me gustaría que pasen por Mozart 1120 y miren hacia arriba para buscar mis aviones, espero que les gusten.