A pesar de los adelantos de la ciencia y la tecnología; el hombre sigue teniendo temores por todo aquello que no conoce. Por ejemplo: la muerte y el miedo a los muertos. En torno a ello se ha escrito con incansable imaginación y fantasía. Esta, que voy a contar, es una historia casi risueña, que me aconteció cuando era un adolescente.
Cierto día se realizaba un festival en una parroquia de San Justo, y como esa institución carecía de equipo de música, la iglesia de nuestro barrio accedió a prestarle el suyo. Claro que esos equipos eran tan pesados, que había que transportarlos en una camioneta. Pero el Sacerdote solo consiguió un carro, tirado por un viejo caballo negro. Solo nos faltaba quien lo manejara hasta San Justo. Yo tuve la pésima idea de ofrecerme para hacerlo, junto a mi amigo Juan Carlos “Banana” que accedió a acompañarme después de mucho cavilar. Así pusieron en nuestras manos juveniles tamaña responsabilidad. Fue un sábado, alrededor de las 14 hs cuando partimos. Nos esperaba un cura que se llamaba Manuel Ventiveiga, quien nos había preparado el itinerario para llegar a destino. Por aquellos tiempos, Emilio Castro, estaba asfaltada hasta Gral. Paz, luego era de tierra. Nos pusimos en marcha. Sabíamos que tardaríamos en llegar, porque la travesía debía ser lenta, para no dañar al equipo, puesto que tenía varías lámparas y válvulas catódicas, que al menor sacudón se romperían. Con paso cansino del caballo, fuimos avanzando, pasamos del asfalto a la tierra, allí la geografía cambió totalmente. En el tramo anterior, había casas y comercios, ahora todo era verde y alambrados; muchas quintas sembradas y a medida que nos alejábamos de la Gral. Paz, solo nos saludaban los mugidos de las vacas. La marcha se fue haciendo monótona, el chirrido del viejo carro y algún comentario de Juan Carlos rompían aquella silenciosa tarde. Así recorrimos gran parte del camino, sin sobresaltos, hasta que notamos que una de las ruedas, se estaba por salir del eje. Paramos de inmediato, esperamos largo rato, hasta que se acercó un carro, paramos al conductor y le mostramos la rueda y el buen hombre nos dijo que iba a buscar herramientas a su casa para solucionarnos el problema y así seguir viaje. Luego de un arduo trabajo todo quedó resuelto, mientras no encontrábamos palabras para agradecerle nos despedimos diciéndole que no olvidaríamos su gesto. Claro, este contratiempo nos atrasó muchísimo. El sol estaba tan bajo que pronto se escondería, anunciando la llegada de la noche, hecho que hasta ese momento no teníamos en cuenta. Por eso Juan Carlos sobresaltado me dice: “Escúchame, vamos a tener que cruzar el cementerio en plena noche”. En ese momento, tomé conciencia de ello y un miedo indescriptible se apoderó de los dos, que sin decir nada, seguimos el camino en silencio. La noche no se había hecho presente con toda su oscuridad, cuando atravesamos el lúgubre lugar. Después de esas peripecias, finalmente llegamos a destino, donde nos aguardaba mucha gente con alegría, pues esperaban ansiosos el equipo de música. Para la despedida hubo galletitas y bebidas, emprendimos el regreso muy entrada la noche, sembrando un firmamento de estrellas de brillo singular. Recuerdo que aquel momento solo era perturbado por ladridos lejano de perros, y en esa soledad no pronunciábamos palabra alguna. Nuestros pensamientos estaban concentrados en el cementerio, que pronto tendríamos que volver a cruzar. Nos recibió a oscuras, no había una sola luz, lo que agregaba más espanto al lugar. Por fin, estábamos llegando a la punta del cementerio, solo un poco más y saldríamos de allí. El corazón me latía con alocada velocidad, las manos con las riendas del caballo me transpiraban y mi respiración se había entrecortado. No obstante, con alivio, me di cuenta que estábamos por salir del cementerio, y así terminar nuestra pesadilla. Ambos teníamos mucho miedo; a pesar de la oscuridad imperante, divisamos el largo paredón que nos indicaba que ahí terminaba, solo debíamos girar para alejarnos lo más rápido posible. ¡Y ahí fue donde sucedió! ¡Sí! ¡Lo vi! ¡Juro que lo vi! El cráneo y los huesos bien blancos estaban justo arriba de la cabeza del caballo. Fue solo un segundo que la calavera se posó en su cabeza; pero grité tan fuerte que el animal se encabritó, ya que a mi grito se sumó el de Juan Carlos, que no sabía por qué gritaba yo. Pero el también empezó a gritar; el caballo y el carro saltaba para todos lados, no sabíamos cómo calmarlo, hasta que apareció un automóvil, el chofer se tiró literalmente del auto y tomó las riendas del caballo logrando calmarlo. Por supuesto le conté la visión que había tenido, mientras el señor me ayudaba a poner los arneses nuevamente. Nos acompañó hasta dejar bien atrás al cementerio y al despedirse nos dejó una frase, que aún recuerdo y valoro: “A los muertos no hay que tenerles miedo. Miedo hay que tenerles a los vivos”.
Carlos Castrovinci
