El frío era tan intenso, que me llegaba hasta los huesos.

Con mis escasos 15 años y todo el calor de rebeldía adolecente que atropellaba, igualmente sentía a mis pies congelados y mojados que invadían todo mi cuerpo.

Pero no me quedaba otra. Llovía copiosamente. El rugido del tren, me dió la idea.

El invierno desalojó al otoño con ese gran aguacero, pero esa noche el tren sería mi refugio y mi techo.

Crucé la avenida Rivadavia empapado y tiritando y así subí al andén de la estación de Villa Luro. En la única ventanilla con luz pedí un boleto a Once, y entregué el dinero con mis manos temblorosas por el frío.

Quedarme en el bar con mis amigos hasta muy tarde, fue un error, una imprudencia.  Volver a casa a esa hora, seria discutir con mis viejos como siempre y además aguantar la dureza del cinturón de cuero de mi padre. El llegaba del trabajo a las 22hs. y si yo no estaba se armaba. Decidí que esta vez eso no iba a pasar.

Me acurruqué en un asiento, ni bien el tren comenzó a moverse con ese traqueteo monótono que me sumió en un sopor que adormecía. Sin embargo, aun tenía lucidez para pensar. Yo trabajaba, también estudiaba, solo los sábados salía con mis amigos, tenía derecho a reunirme con ellos. ¡No hacíamos nada malo! Nos encontrábamos en un bar de avenida Rivadavia cerca de la estación casi todos los sábados. Entre café y coca cola, queríamos arreglar el mundo. Esa noche la charla fue la más interesante de los últimos encuentros. Nos contamos nuestros proyectos, los sueños para el futuro, hablamos de chicas y hasta del” Mayo Francés”.

Cuando miré el reloj eran las 23.15hs. Salí volando del bar, y en el medio de la lluvia, cambié el camino a mi casa por el de la estación de tren. Y ahora miraba por la ventanilla caer la lluvia cuando habíamos pasado la estación de Flores…Y no me acuerdo más…

Alguien me zamarreaba con violencia, cuando por fin pude abrir los ojos, vi al guarda y a un policía que me miraban con curiosidad.

_ ¿Tenés documentos? Me pregunto el  “cana” con voz grave.

Obviamente no tenía nada. Terminé en una comisaria de la zona.

El tiempo pasaba, ahora ya no tenía frio, mi ropa ya se había secado. Pero tampoco tenía miedo de enfrentar a mi padre, sabía que más tarde o más temprano eso iba a ocurrir.

Eran las 7hs de la mañana, cuando los vi entrar a los dos. A mi vieja, le pedí perdón, pero a mi padre lo encaré diciéndole que nos debíamos una charla de hombre a hombre.

Cuando llegamos a casa tuvimos una larga conversación, él sostenía que lo que yo había hecho fue una gran estupidez, en cambio yo le reclamé por su falta de diálogo y su escasa confianza en mí. Increíblemente aceptó mis argumentos y también mis necesidades. Acordamos que en adelante saldría con mis amigos con horarios más amplios y dejaría de tratarme como a un niño. Basta de cinturón. Por supuesto renové mi compromiso de trabajar y estudiar hasta completar mis estudios.

Después de aquel episodio, mi padre cambio su actitud hacia mí, teníamos más diálogos y era más comprensivo. Cambió la violencia por palabras. Yo me sentía más acompañado.

Muchos años después, comprendí, que mi padre, quería lo mejor para mí y sus comportamientos, reflejaban los mandatos de una época que la mayoría de la sociedad  aceptaba.

Pasó mucho tiempo de aquella noche. mis padres ya no están, pero recuerdo con nostalgia aquella vivencia y aún resuena en mis oídos mi propia voz cuando, al empleado de la ventanilla le pedí: “UN BOLETO A ONCE POR FAVOR”!!!

Carlos Castrovinci