Primera Parte
Empecé a tomar el 99 y a transitar Avellaneda con frecuencia diaria en 1981. Ya estaba asfaltada y hacía poco la habían convertido en mano única al centro. Había quedado atrás esa avenida lenta de adoquines con cordón divisorio entre las dos manos. Sin embargo, la plaza Vélez Sarsfield conservaba esa calidez de siempre, rodeada de casas añosas de fines del siglo XIX, de la época en se habían tendido las vías del Ferrocarril del Oeste desde Plaza Lavalle hasta la Floresta.

En la avenida Avellaneda, desde su intersección con Segurola, hasta Nazca había escasos comercios y una frondosa arboleda de plátanos. Uno de esos negocios era Arvilli, un mayorista de golosinas donde mis padres solían comprar. También, se habían instalado unas dos o tres casas de ropa entre Concordia y Nazca, una de ellas, la fábrica de camisas Jean Cartier, todavía permanece en el mismo lugar así como también Chocolate. La mayoría ocupaba locales comerciales bajo los edificios más modernos de la avenida. Aparte de las casonas se conservaban muchas casas chorizo en este trecho.

Los comercios, predominantemente de indumentaria femenina e infantil, fueron avanzando por sobre las casas. En un principio se instalaban comerciantes de origen judío, que en algunos casos se habían desplazado de “Canning”; pero el cambio fue categórico desde la llegada de coreanos dedicados también a la industria textil. Cada casa que se demolía, se trasformaba en tres comercios angostos y muy profundos, con largas vidrieras donde se exponía con escaso sentido estético toda su producción. Y hablo de producción, porque arriba de cada negocio se levantaba un par de pisos donde se localizaba la fábrica. Allí mismo los obreros textiles confeccionaban las prendas que estaban muy lejos de parecerse en calidad a las que se veían en las vidrieras de Flores, Acoyte y Rivadavia, Santa Fe o Florida, en calidad, sin embargo los precios eran muy accesibles.
En 1987 empecé a trabajar como profesora de Geografía en el colegio Maimónides ubicado junto al templo en Avellaneda al 2700, a unos 30 metros del cruce con Nazca. Y en un par de años sucedió algo muy particular: el centro comercial sobrepasó la barrera geográfica de Nazca, avanzando unos metros hacia Terrada. Mientras daba clases en el colegio, escuchaba el incesante golpeteo de la obra contigua.
Pero lo más llamativo de esa etapa de la evolución, fue la decisión de construir negocios en el colegio Schönthal, sobre el lateral de Avellaneda: las aulas y dependencias pasaron a abrir vidrieras para ser alquiladas como comercios. Ese fue un impulso importante para que el uso comercial del suelo avanzara hasta Condarco.
Mientras tanto, desde el núcleo centrado entre Helguera y Concordia, el área comercial avanzaba no solo por Avellaneda, sino también por las calles laterales (como Helguera, Cuenca, Campana, Concordia) ahogando a los comercios tradicionales en este torbellino de crecimiento. En este período, no solo se unificó el tipo de comercio, sino que aumentó el costo del suelo sin frenar el avance por sobre las casonas, arrasando incluso el gran aserradero de Avellaneda y Nazca, el colegio primario Maimónides y hasta la estación de servicio de Campana (de la que aún se conserva el techo). Ya nada limitó el avance.
Cabe destacar que se dedicaban a la venta mayorista, hecho que trajo aparejada la llegada masiva de micros de larga distancia desde las provincias y de países limítrofes que colaboró, al estacionar en la periferia, con el cambio de fisonomía del que había sido un tranquilo barrio. Llegaban muy temprano, los compradores viajaban toda la noche, por ese motivo, el horario comercial se iniciaba alrededor de las 7 de la mañana y no se prolongaba hasta muy tarde.
Mientras, yo ya no trabajaba en el Maimónides, pero había comenzado en el Hipólito Vieytes, de modo que continuaba pasando a diario por la avenida Avellaneda.
Un hecho económico nacional detuvo en alguna medida el auge de este centro comercial: el uno a uno en los 90s. Aunque los industriales de la zona comenzaron a acceder con más facilidad a telas importadas, sufrieron la competencia de la ropa procedente del exterior. Este hecho generó algunos cambios, ya no todos continuaron produciendo en sus propios talleres de los pisos superiores, comenzaron a vender prendas importadas y ampliaron la venta al menudeo. Siguieron llegando los micros con compradores y la calidad de los productos mejoró ostensiblemente, pareciéndose cada vez más a los vendidos en otras zonas comerciales de la ciudad, pero manteniendo sus precios bajos.
Con el fin de la convertibilidad, volvieron a la producción nacional de indumentaria que perfectamente podía hallarse en las vidrieras de otras zonas comerciales.
A medida que se expandía la mancha comercial, las viviendas de la zona sufrieron un proceso encadenado: las antiguas familias de la zona empezaron a mudarse, y las grandes casas que dejaban, primero se convertían en inquilinatos multifamiliares o fábricas y luego se demolían para dejar avanzar a nuevos negocios. En la periferia se instalaron depósitos de telas, talleres de estampado y variedad de actividades complementarias.
La circulación vial por la avenida se volvió cada vez más lenta e intrincada, por las dobles filas de ambos lados de vehículos que cargaban y descargaban. A eso se sumaban los vendedores ambulantes que no solo invadían las veredas, sino también las calzadas.
Para ese entonces, el área comercial se extendía desde San Nicolás hasta Condarco y en concomitancia algunas casonas de Flores, sobre la avenida Avellaneda también comenzaron a venderse para dar lugar a edificios de lujo donde habitaban los empresarios textiles de la zona. Este proceso se extiende desde Fray Cayetano a Boyacá.
Continuará
