Los barrios suelen nutrir su tradición con sucesos que más allá de su mayor o menor trascendencia, rara vez escapan de su reducido ámbito, y aunque lo hagan, solo en su interior persisten los efectos hasta convertirlos en leyenda locales aún cuando la sociedad en su conjunto los haya desdeñado.
Hito notable en Villa Luro, fue la explosiva aparición de un vecino, el Ingeniero Baigorri Velar y su máquina para hacer llover. Está certificado, por los diarios de la época, cuando en las postrimerías de la década del ‘30, una multitud se agolpó frente a su casa en la calle Araujo y Falcón vitoreando su nombre, tras aparentes éxitos en Santiago del Estero y San Juan.
Otros casos, podrían enumerarse, pero hacerlo no es el objetivo de esta nota. Sí en cambio es válido destacar que sobrevivió en la memoria de muchos vecinos que habitaron Villa Luro en los comienzos de los años treinta, entre ellos mi padre Jorge José Costa.
Se trata de la fugaz gloria del elefante Zepelín, así apodado por su presunto dueño, debido a su maciza contundencia y en homenaje al creador del dirigible, en los años que había surcado por el cielo porteño, viéndose también, a su colosal paso, desde el cielo villalurense.
La historia de Zepelín, el elefante, comienza a hacerse popular, cuando algunos comerciantes de la zona, piensan editar un almanaque, que les sirviera a todos y fue Don Rigoberto Antuña quien le dio forma a la idea, al proponer, que fuera este caminando por la Avenida Rivadavia el que ilustrara el calendario.
Mi abuelo Ramón, que era sastre, fue uno de los que se entusiasmó con el proyecto, recordaba que se preguntaron de dónde saldría semejante animal. Pero Don Rigoberto respondió con firmeza “déjenlo en mis manos, yo lo consigo”. Y logró la aprobación general. Pocos días después Rigoberto, el flamante publicista, apareció sobre el lomo de la enorme bestia por la calle Rivadavia, la cual estaba por entonces pavimentada en sus costados, conservando el centro de tierra con el tendido de las vías tranviarias. Por allí deslizó sus cachacientos pasos Zepelín entre la sorpresa del vecindario y la atónita mirada de cada motorman (quienes manejaban los tranvías) que se veían forzados a detener la marcha de su vehículo y esperar con paciencia a que el elefante desviara su camino.
Se sacaron las fotos y se armó el almanaque, que resultó ser todo un éxito, aunque los datos del elefante, que han quedado son muy pocos precisos. Se ha dicho que lo había obtenido de un circo en disolución y no es improbable que así fuera, pues se lo veía muy dócil y parecía entender las instrucciones que recibía.
Menos claras son las referencias respecto a donde se alojaba, algunos sostenían que se lo guardaba en un galpón adyacente a las vías ferroviarias. Otros decían que su refugio estaba en una quinta en las cercanías del arroyo Maldonado.
Para el caso, poco importaba, porque Rigoberto, tras el redito de su presentación, intuyó los beneficios que podía acarrearle una adecuada explotación de la pobre criatura. Así, prontamente lo exhibió en un festejo barrial de un día patrio, luego fue a otros barrios, cuando se realizaban actos parroquiales en honor a los santos patronos.
El público le brindaba su premio con aplausos y monedas, un dúo atractivo, habían formado, Rigoberto y Zepelín, quien respondía a sus palabras con movimientos de la trompa, además se hincaba en sus patas delanteras, para concluir tumbándose de costado. Este acabó dándole crédito al advenido instructor, cuando afirmaba que comprendía el lenguaje humano.
Finalmente, logró que todos hablaran de ellos, en el transcurso, de solo unos meses, el broche de oro fue cuando ofrecía una importante suma de dinero, a quien fuera capaz de saltarlo. Pareciera obvio decir que nadie pudo lograr tal hazaña, pero no fue tan así. Un desconocido en el barrio se enfrentó un día a Zepelín portando un ladrillo en la mano. Su mirada y expectación tensó a la nutrida concurrencia. Lentamente, giró en torno al animal hasta situarse atrás del mismo. Hubo un instante de suspenso y de pronto, con inusitada violencia, arrojo el ladrillo que termino en las ancas del elefante, el que, ante semejante impacto dio un salto de dolor. Una ovación sello la derrota de Rigoberto que a partir de aquel día dejó de presentar su espectáculo en Villa Luro.
Humberto Sobrado – Archivo Mirando al Oeste-
La foto que ilustra esta nota muestra a Zepelín en lascalles Escalada y Ramón L. Falcón en el año 1920
