Manejó un taxi durante 40 años, es técnico electrónico; vive en Villa Luro desde 1989; y un año de su vida transcurrió en la Antártida a solo 800 kms del Polo Sur. En esta entrevista charlamos largo rato con él y nos atrapó con su historia, recordándonos sus vivencias, cuál era su trabajo allí, de las investigaciones y de los meses de invierno cuando no sale el sol y las temperaturas pueden bajar a los 47° bajo cero y en verano cuando no se oculta nunca y normalmente es de 0°…que la vista solo alcanza a ver nieve y más nieve; que una persona, puede congelarse cuando hay ventiscas invernales y como es vivir lejos de la familia y afectos. Todas estas experiencias hicieron de su vida en territorio Antártico, una aventura apasionante.

¿Cómo te presentarías?

Soy Juan Carlos Apcarian, tengo 71 años, mis padres armenios, heredé toda su cultura; viví con ellos en Flores hasta mis primeros años de matrimonio con Olga. Llegamos a Villa Luro a nuestra casa propia, hace 35 años a la calle Bacacay entre Lope de Vega y Milton, como anécdota antes de vivir acá, estuve trabajando en la Antártida durante 14 meses. Tanto en el barrio no lo he contado, aunque muchos vecinos lo saben, creo que a quienes  más se lo conté, fue a desconocidos, casuales pasajeros de mis años de taxista y realmente, les llamaba mucho la atención mis recuerdos en el Polo Sur.

¿Cómo fue tu infancia?

Mucho en la calle jugando a la pelota con amigos, tenía libertad para ir de aquí para allá sin miedos, a pesar de que mi padre traia de su Armenia natal…muchos días tristes de guerra, de inseguridad en la calle, porque te podía pasar algo en cualquier momento; a mi abuelo lo mataron los turcos y a muchos familiares y amigos también. En mi infancia siempre estaban las comidas típicas armenias, las fiestas. Incluso se hablaba en armenio…y en la escuela era buen alumno; me gustaban las matemáticas y estudiar historia y geografía…pero nunca imaginé, ni en mis días de primaria, secundaria o facultad, que iba a vivir a 800 km. del Polo Sur

¿Por qué la Antártida?

Fue algo que se dio sin que yo lo esperara. Estaba sin trabajo y leo un aviso en el diario pidiendo hombre para ir a trabajar a la Antártida. Cómo soy técnico electrónico me presenté, me sometieron a un montón de estudios y exámenes (psíquicos y físicos) y finalmente quedé seleccionado; por supuesto tuve que hacer, durante un año, cursos de capacitación para saber manejar los equipos que se usan en la base y otros temas relacionados con el diario vivir allí…partimos en 1986.

¿Qué fue lo más duro que tuviste que afrontar?

En principio dejar a la familia, a mi mujer a mis hijos, eso fue lo más difícil desde el primer momento que tomé la decisión, saber que durante un tiempo largo no iba a poder regresar. No había posibilidad de arrepentirse.

¿Cómo fue el viaje hasta la Antártida?

Largo…muy largo (risas). Salimos desde el Rompehielos «Almirante Irizar» ya ese viaje, que duró un mes, fue toda una experiencia. Nuestro destino la base «Belgrano dos», que es la más austral de la Argentina a 800 kms. del Polo Sur; que no tiene acceso de ningún tipo, no se puede llegar ni con el rompehielos, ni con avión…no podes ni recibir cartas, es como vivir en la luna (risas) la única conexión posible con el resto del mundo, es por medio de la radio, que solo se comunica con otras bases.

¿Recordanos tu primer día, y cuantos eran?

Vimos que la base se encuentra sobre un Nunatac, que es como una saliente de piedra; el traslado hasta allí fue en un helicóptero, debimos esperar unos días en el rompehielos, porque había mucho viento y neblina; en principio me pareció un panorama desolador: todo blanco, hielo, nieve y mucho frio. Éramos doce, la mayoría militares de aeronáutica, solo tres éramos civiles. El único ruido que se escuchaba era el del generador, de entrada, te vuelve loco… y pensar que acá en el barrio a algunos molesta el ruido del paso del tren…incluso hasta nos quejamos del frio…yo siempre digo «frio hace en la Antártida» (risas).

¿Llegaron en el verano antártico?

Sí…cuando el sol no se oculta nunca; después el invierno que dura 4 meses es solo noche, el paisaje se hace monótono, no es lindo…solo nieve. En cambio, en verano hay otros atractivos naturales, puedo nombrar uno, que les puede parecer simple, pero que para nosotros fue encantador y eran las visitas de las palomas antárticas que venían a hacer sus nidos y también llegan gaviotas. Eran las únicas visitas que teníamos y las recibíamos con alegría. Esta es toda la fauna que vimos.

¿Una imagen inolvidable?

Se hace estudios de Auroras australes en invierno cuando solo se ven estrellas y aparecen ráfagas permanentemente, de distintos colores, que se dan debido a un bombardeo de iones de campo magnético solar. Estas ráfagas se fotografían con una cámara de cielo abierto. Esto durante mucho tiempo fue un misterio, es un espectáculo hermosísimo, son como nubes de colores que se desplazan. Este estudio, como el del silbido magnético y otros, conciernen a todo el planeta en general

Hay una anécdota que unió, en esos días a Villa Luro con la Antártida, porque los filmaron, del programa «La Argentina secreta» que lo hacía el Villalurense Otelo Borroni…

Sí vinieron con nosotros durante el viaje, mostrando nuestra vida en el barco, con las distintas paradas en cada base. Reportearon a los que volvían a sus casas, ahí empecé a darme cuenta de lo que me esperaba…un panorama de cómo iba a ser mi vida allá.

 ¿Y cómo viviste cada día?

Nadie te marcaba una rutina, la dispone cada uno; por ejemplo, en invierno, como no hay luz solar, las jornadas se hacen más largas, entonces tenés que organizar y distribuir tu tiempo…empecé a estudiar inglés, leía mucho y hacía otros trabajos, que no eran los que me habían destinado, los hacía en una y otra base; porque son varias las casas, acondicionadas para soportar el frio. Está la base central, que era donde dormíamos y comíamos, porque allí estaba la cocina. Otra casa, que es donde se genera la fuerza motriz, otra donde está la central de radio y el laboratorio y otra de meteorología…Así era nuestro barrio Austral…solo un par de casitas (risas). Otro trabajo que hacíamos era el de cavar túneles, picando el hielo con un pico todos los días.

Se formaban como cavernas, el hielo que sacábamos lo trasladábamos en un tractor para nieve hasta la casa. Se derrite con un calefactor y de ese modo nos proveíamos de agua; en las cavernas guardábamos los alimentos, allí hay una temperatura permanente de 15° bajo cero.

¿Me imagino que son muchas anécdotas?

La historia iba a terminar en Sudáfrica. Nos iban a venir a buscar unos alemanes en barco, pero llegaron antes del verano y no pudieron entrar. Se quedaron varados una semana y debieron regresar y nosotros nos perdimos esa aventura. Otra anécdota, fue un accidente que tuvo uno de mis compañeros, una vez que salimos a caminar; este muchacho iba más adelante con otro, de pronto no se lo vio más…no estaba por ningún lado, se había caído en una grieta, por suerte solo eran 2 metros, por eso se salvó, pero nos pegamos un susto terrible y por eso hoy te lo puedo contar a modo de anécdota, porque al final terminamos los tres riéndonos de alegría.

¿Cuál es tu reflexión sobre tus vivencias?

Aprendí a valorar mucho más lo que dejé, la familia, los afectos, el salir a caminar por el barrio, saludarte con los vecinos, ir al club o a una parroquia, hacer compras… En la Antártida no manejas dinero, no escuchas lo que pasa en el mundo; cosas que acá te preocupan allá no tienen sentido. Cuando hablaba por radio, con mi familia, solo quería escuchar sus voces. Uno reafirma sus sentimientos, valores y conductas. Cuando faltaba poco para volver, los días se me hacían interminables, solo en esos momentos me desesperé por volver, por eso no te permiten quedarte más tiempo…El balance fue más que bueno… fíjate que pasaron casi 40 años y sigo recordando esos días como si los estuviera viviendo hoy.

El primer día en la Ciudad después de la Antártida fue…

Rarísimo, parecía que me había ido por años, me llamaba la atención un semáforo, un perro, un bocinazo…hasta un revoloteo de gorriones, todo me parecía extraño y para colmo, después de tanto frio, la ciudad me recibió, aquel mes de marzo de 1987 con más de 35° de calor y muchísima humedad.

Por último y agradecidos por esta entrevista, te pedimos un saludo para los lectores de Mirando al Oeste.

Somos muy agradecidos a los vecinos de Villa Luro, son muy solidarios y nosotros con ellos. Es muy barrio Villa Luro y eso es lindo…debemos tratar de conservar este sentimiento y comprometernos en ayudar al otro, a no ser indiferentes, podes ayudar mucho con tu presencia y a veces, tan solo con una palabra.