En marzo de 2024, nuestro vecino ganó el Concurso literario, organizado por el Depto. de Cultura del Club Atlético Vélez Sarsfield, con un relato que representa al Club ante la AFA y en la próxima Feria del libro 2024; puesto que esta narración se incluirá en un libro donde habrá textos de personas de todos los clubes de fútbol argentino.

Don Arturo

Éramos un grupo de amigos que por las tardes se reunía en el bar. Entre las charlas de fútbol, cada tanto aparecía una discusión sobre los ídolos de Vélez. Por supuesto, siempre se decía lo mismo y jamás se llegaba a ninguna conclusión. Pero una vez nuestra conversación salió de lo rutinario. Fue cuando Guido nos hizo un relato que jamás habíamos escuchado.

– Y sí, todo eso que ustedes dicen está muy bien, pero hay un ídolo que ustedes no conocieron. Yo les voy a contar…

Era el vasco Arturo Jauregui. Había nacido en una casita de Pizarro y Corvalán el 1 de enero de 1910, el mismo día que Vélez. Al colegio, sólo fue para aprender a leer, escribir y las operaciones básicas. Para su padre, no hacía falta saber más. Se hizo de Vélez a los diez años, cuando con otros compañeros de andanzas logró colarse en la cancha que estaba en Cortina y Bacacay, pero fanático, se hizo tres años más tarde cuando Vélez se mudó a dos cuadras de su casa. Aunque el club ya había alquilado el terreno, para poder jugar todavía faltaba acondicionar la cancha. Arturo salía del tambo y se iba al club para ayudar en los trabajos que le iban indicando los mayores. Así colaboró a apisonar el suelo, a hacer la primera tribuna, a pintar… Se hizo socio y no faltaba a ningún partido, ni de local, ni de visitante. Iba a canchas bravas en las que más de una vez la había pasado mal, pero eso no le importaba. En Basualdo, también había estado presente la noche en la que se jugó el primer partido nocturno del país. Me hablaba de cómo había nacido el mote de El Fortín y lo inexpugnable que era esa cancha. Y aunque yo ya sabía todas esas historias y el mismo don Arturo me las había contado muchas veces, siempre me gustaba volver a escucharlas cuando las repetía. En 1940, cuando el club estaba a punto de desaparecer, fue uno de los que fueron a buscar a Don Pepe para que tomara las riendas y lo salvara. También trabajó cuando la cancha se mudó a Gaona. Había que convertir un pantano en una cancha de fútbol. Con los años, cómo se emocionaba cuando veía lo que es hoy el Amalfitani. “Mirá lo que es este estadio Guido. Y pensar que esto lo fuimos haciendo entre muchos…”

En 1947, de la mano de don Arturo, fui por primera vez a una cancha, la de Gaona. Todos ustedes saben lo que siente un chico cuando entra a una cancha por primera vez, la sorpresa, el deslumbramiento que tiene. A qué cancha fue, y con quién, son esas cosas que no se olvidan jamás. A partir de ese momento, nunca dejamos de ir juntos. Al principio éramos el adulto y el niño. Con el paso del tiempo, fuimos el anciano y el adulto. Pero nunca dejamos de ir. Soportó todos los años de sequía, lo vi llorar de tristeza en el 71. Pero también lo vi llorar, esta vez de alegría, en el 68 y en el 93.

Las primeras molestias aparecieron a fines del 93. Luego empezaron tratamientos e internaciones. Ya no íbamos a la cancha. Él no podía. Y para mí, ir sin Arturo hubiera sido una deslealtad imperdonable. Así que los partidos los veíamos en su casa. Las finales con el San Pablo y con el Inter, ya no las vimos en su casa, sino en su habitación del Santojanni. Al instante de finalizado el partido de Tokio, siento que don Arturo me agarra del brazo con una fuerza que no creí que aún pudiera tener. Se estaba muriendo. Pero se estaba muriendo con una sonrisa y con lágrimas de felicidad. Con el último aliento llegó a decirme:

– ¿Viste Guido? Con Vélez nací, lo esperé 84 años y ahora puedo morirme feliz. ¡Te lo dejo campeón del mundo!

Alguien me pidió que saliera de la habitación. Al ratito, vi como se lo llevaban. Me acercaron unos papeles que firmé como un autómata y salí del hospital. Me senté en uno de los bancos

del parque. Sonaban petardos y cantitos de cancha. Pasaban autos tocando bocina y agitando las banderas. Claro, Vélez acababa de consagrarse Campeón Mundial. Pero también don Arturo acababa de morir. Mi única tranquilidad era saber que por su Vélez se había muerto feliz. Finalizado el relato, nadie atinó a decir una palabra. Tras unos instantes, fue el mismo Guido que con una sonrisa, rompió el silencio.

– Si, ya sé. Seguro están pensando que esto es una boludez, que no sirve de nada al lado de los goles de Willington y que estoy hecho un viejo reblandecido.

– No Guido, nada que ver ¿cómo crees que podríamos burlarnos de una persona así ni pensar que no era importante?

Pero el silencio seguía. Por suerte, Carlitos encontró las palabras justas.

– Che, ¿vieron a cuánto se fue el dólar?